“Dignidad: un juego ético”

Sábado, 31 de julio, 2010 – AÑO 11 – Nro.3701
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Por Eduardo Sanguinetti – Filósofo

La historia toda es el testimonio del fracaso insigne del hombre en desbaratar su destino; dicho con otras palabras, el testimonio de los pocos hombres de destino que, por haber reconocido su papel simbólico, hicieron la historia, siempre en sintonía con su ser, guardando fidelidad a su esencia en libertad y dignidad. La naturaleza creadora del hombre es la que se ha negado a dejarlo caer en esa unidad inconsciente con la vida que caracteriza al mundo animal del cual el hombre se ha exiliado. En la persona del hombre que se interroga, se recapitula toda la transformación histórica del hombre. Su obra es una gran metáfora, que revela mediante la imagen y el símbolo todo el ciclo del desarrollo cultural a través del cual ha pasado el hombre desde el ser “primitivo” hasta el ser “civilizado” infructuoso y fracasado en su meta abortada por los detractores del signo, léase fanáticos de las más diversas tendencias, e ideologías segregacionistas: post, neos, pro, de mayorías o minorías que corren tras los mitos de la fama y el “éxito”.

Cuando ahondamos en las raíces de la transformación del pensador-artista, redescubrimos en su ser las diversas encarnaciones o aspectos de héroe con que el hombre siempre se ha representado a sí mismo, en verdad y dignidad: filósofo, rey, guerrero, santo, mago, sacerdote, caminante, artista, etc. El proceso es largo y tortuoso.

Todo él es una conquista del miedo. La interrogación del por qué que lleva a la interrogación del adónde y cómo. La huida es el deseo más profundo. Huida de la muerte, del terror innominado. Y la forma de huir de la muerte es huir de la vida. Esto lo ha manifestado siempre el pensador-artista a través de sus creaciones. Al vivir adentrado en su obra adopta como mundo un reino intermedio dentro del cual él es todopoderoso, un mundo dominado y regido por él. Ese mundo intermedio del arte, ese mundo en el cual se mueve como héroe, sólo ha sido factible debido al más profundo sentido de frustración y fracaso devenidos en sus choques con la realidad inexorable de los estúpidos, resentidos, impotentes, que conforman una mayoría ad infinitum, en su tarea recurrente de asesinar el milagro.

Así como el individuo, cuando llega a la madurez, la revela aceptando la responsabilidad, así también el pensador-artista, cuando reconoce su verdadera naturaleza, su papel predestinado, está obligado a aceptar la responsabilidad de la hegemonía. Se ha conferido a sí mismo poder y autoridad, y debe obrar consecuentemente, a pesar de los epítetos de loco, narcisista o megalómano con que lo califica el rebaño de multitudes auto-predestinadas a marchar hacia la pira del sacrificio del cordero, en nombre del sinsentido vital de sus existencias esclavizadas, por los estados y sus dictadores en democracias, monarquías, dictaduras e imperios, que dicen actuar en nombre de la diferencia.

El pensadorartista no puede tolerar nada más que los dictados de su propia conciencia. Así, al aceptar su destino, acepta la responsabilidad de prohijar sus ideas. El pensadorartista es el signo del Hado en sí, el signo mismo del destino. Pero a fin de lograr su propósito, el pensadorartista está obligado a retirarse, a apartarse de la vida utilizando sólo la experiencia suficiente como para ofrecer el sabor de la lucha real. Debe desempeñar entonces el monstruoso papel de vivir y morir incontables veces, según la medida de su capacidad para la vida y la aceptación de su destino.

Se puede representar al hombre como un árbol “sagrado” de la vida y la muerte, y si además consideramos que ese árbol representa no solamente al hombre individual sino a todo un pueblo, a una cultura íntegra, tal vez empecemos a percibir la relación íntima entre la aparición del tipo de pensadorartista dionisiaco y el concepto del cuerpo sagrado, de los instintos vitales, impulsando al hombre a expresarse cada vez más por medio de su mundo de forma y símbolo.

Lo que llamamos sabiduría de la vida llega aquí a su apogeo cuando se adivina ese carácter fundamental, sagrado del cuerpo. En las ramas más altas del árbol de la vida se rnarchita el pensamiento, como instancia y peldaño de nuestros primeros pasos.

Cuando considero a modo de ejemplo cabal una figura olímpica como Goethe, vemos un árbol humano gigantesco que no afirmó otra “meta” excepto el despliegue de su propio ser, excepto la obediencia a las leyes orgánicas profundas de la naturaleza. Eso es sabiduría, la sabiduría de un espíritu maduro en la cumbre de una gran Civilización dentro de la Modernidad, ya perdida. Es lo que Nietzsche llamaba la fusión de dos corrientes divergentes en un ser: el tipo soñador apolíneo y el dionisiaco extático. Fue profundamente espiritual sin necesidad de creer en dios. En esta imagen del Hombre ya no cabe el conflicto.

En ese momento excelso en que aparece Goethe, en que el hombre y la cultura están en la cúspide, todo el pasado y el futuro se despliegan.

Allí se entrevé el final; en adelante el camino se torna incierto.

Después de Goethe aparece la raza dionisiaca de artistas, los hombres de la “época trágica” que profetizó Nietzsche y de los cuales él mismo fue ejemplo magnífico. La época trágica, en que se siente con fuerza nostálgica todo lo que está negado para siempre. Otra vez se revive el culto del Misterio. El árbol de la vida se torna así en árbol de la muerte. Y de este árbol de la muerte es de donde la vida tiene que renacer: “En el momento de la destrucción del mundo”, dice Jung, refiriéndose a Ygdrasil. En este punto del ciclo cultural de la historia es cuando tiene que renacer la totalidad de todos los valores primigenios y perennes: Dignidad de ser, Libertad por ser y Verdad en el ser. Gracias a esta instancia, se representa el misterio del eterno Interrogante: ¿Qué soy?, y en los celebrantes que sienten alegría en su armonía se despierta el deseo de vivir y morir creativamente.

Hoy, en el invierno de la vida y de la historia, nuestro norte debería consistir en alcanzar un espacio firme para que la vida pueda avanzar de nuevo. Pero ese espacio firme sólo puede procurarse sobre la memoria de los muertos célebres que nos han precedido y sus vidas cargadas de destino, trascendieron la mera piel de las apariencias y elevaron a símbolo sus existencias.

Es desprecio a los sicarios de la vida creativa, en silencio, paz y dignidad a quienes me refiero, léase: políticos, intelectuales genuflexos, deportistas mercenarios, economistas, empresarios, ambientalistas-ecologistas de última generación, periodistas sin novedades, prostitutas farandulescas en las tablas donde solían moverse actrices y cantantes líricas inolvidables, simuladores de roles que jamás podrían desempeñar, en fin, todos ellos farsantes, calumniadores, ansiosos criminales solapados en las más variadas máscaras, cobardes que conforman una aldea global, instalados por la monstruosa maquinaria criminal de la historia más reciente. Nos niegan la posibilidad de vivir sin el desafío de la dictadura de los valores ya perimidos, y poner en juego otros que apenas despuntan y que hoy más que nunca controlan este mundo, de ante la mirada atenta del Gran Hermano que celebra orgonásticamente en Internet el principio y fin de la vida de un individuo, ante el silencio enteramente cómplice de una humanidad que asiste con “placer” a su exterminio.

La consigna, ante el estado de las cosas, sería “…vivir no más allá del bien y el mal sino más acá, donde todo es más apasionante, doloroso y vivo… ¡Ah! y sin tranquilizantes”. ( Palabras finales de mi conferencia para el International Congress on Art and Comunications, St. John’s College, Cambridge, Inglaterra. 1992).


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