La mujer de Maxence


En casa de unos amigos encontré el verano pasado un libro negro de tapas duras con adornos dorados. Parecía un misalito de los de antes del concilio, pero no: era un Plaza Janés de 1961 con tres novelas del escritor francés Maxence Van der Meersch (1907-1951). Tres novelas que en su versión original eran las tres partes de una trilogía: La fille pauvre.

La muchacha pobre de Van der Meersch es Thérèze Denis, su mujer, apenas disimulada bajo el nombre de “Denise”. La primera entrega, El pecado del mundo, fue publicada en 1934, el mismo año en que se casaron, y llega hasta el traslado de Denise y su familia —su madre y dos hermanos: el padre había muerto— de París a Roubaix, hacia1920. Después vendrían Leed en mi corazón (1948) y La compañera (1955, póstumo): esta última comienza cuando Denise conoce a “Marc” —Maxence, claro— y termina con la boda (al cambio, los años 1927-1934).

A las experiencias dramáticas de aquella obrera textil con la que acabaría casándose debe mucho, seguramente, la orientación naturalista que toma muy pronto la narrativa de Van der Meersch. Leídas hoy, las páginas de El pecado del mundo devuelven a la superficie historias de una humanidad indefensa y tremenda, sin el falso decoro de las formas, sin colorantes.

Con 14 años, Denise lleva ya varios trabajando a destajo. Su madre le pega cuando su semanada es escasa, pero sus golpes son una broma comparados con los que recibe —también en su propia casa— Véveine, una amiga enferma. Un día Vevéine le confía toda su desesperación: “Tengo hambre, recibo golpes, me descrismo… Y después esto continuará. No encontraré ni con quién casarme. ¿Conoces tú al tipo que quiera cargar con una mujerona desgarbada como yo? Estoy tan mal formada, soy alta y lisa como una jirafa. Y tengo la solitaria, estoy tragando siempre. Así continuaré toda la vida, jorobándome, maldiciendo. Es lo normal. Es lo trazado ya… Entonces, francamente, ¿acaso no valdría más ahorrarse la miseria en el acto?”.

La reacción interior de Denise es de una lucidez escalofriante: “No podía contestarle nada. Comprendía que en el fondo, le sobraba la razón, que aceptábamos la vida únicamente por costumbre… Y muchas veces se encuentra una especie de áspera dulzura cuando se sueña entre dos una liberación posible”.

La vida como costumbre. Hoy, con el suicidio como primera causa de muerte entre los jóvenes, quebrantar esa costumbre (como otras: el matrimonio, por ejemplo) parece un hecho generalizado. ¿Qué “padres” nos están explotando, qué destinos nos han sido prohibidos? En la encíclica Spe salvi, que afronta la cuestión desde el punto de vista de la esperanza cristiana, el Papa acusa al mito moderno del progreso, un monstruo que devora a sus propios hijos. Se refiere, claro, no sólo al pensamiento filosófico en cuanto tal, sino a los modelos de vida que lo inspiran o lo secundan: porque también el nihilismo, como la esperanza, es a la vez informativo y performativo.


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