Cristina Civale – El hombre de mi vida serás tú (fragmento)

“Todo lo que me llevo me pertenece y lo sabés. Está fuera de discusión. Hubiese preferido una conversación más extensa y explicativa. O simplemente conversar. Pero esta resistencia tuya, tan curel, no me deja alternativa. Me voy. Si leés bien. TE dejo. O quizá vos ya me abandonaste antes. No importa quién se apropia de este verbo. Adiós, Pablo. De todos modos, quiero que sepas que siempre exisitirá en mí una manera, empecinada y tortuosa, de amarte en silencio. Nunca más tuya”.

Clara

Terminé de escribir la carta en uno de los papeles sellados con sus iniciales. PB, Pablo Bravo. Luego tomé un sobre usado, probablemente de alguna factura de gas o teléfono, y allí guardé lal cartea a la que le puse fecha del día anterior. En el sobre escribí su nombre con un marcador dorado y la coloqué sobre la almohada, donde descansaba su cabeza. Desde ella se se extendía todo él. Largo, quieto, imprevisible. Tibio y muerto. Hacía algo más de una hora que había sufrido un ataque imprevisto. El pecho oprimido y un grito de animal, casi un alarido, anunciaron su silencio eterno. El corazón –estaba segura- le había estallado. Demasiado alcohol y demasiadas pastillas, las llevaba en su portafolios, en una especia de cofre japonés. Allí guardaba sus cóteles: para despertarse, para mantenerse todavía más despierto, para dormir, para aquietar la ansiedad, vitaminas y distintios tipos de antioxidantes. Había, también, demasiado trabajoy demasiado tabaco y demasiado de todo tipo de excesos. Menos uno, el de amarme.

Tampoco tenía muy claro si eso lo hubise salvado, pero lo que sí es seguro es que me habría inhabilitado para actuar con la fría meticulosidad que la situación, y básicamente mis intenciones, requerían.

Necesitaba irme antes de ue alguien, además de mí, supeira de su muerte. Apagué su móvil. Desnconecté nuestro tle´fono y salí a la calle. No me pareció que respirara.

Con su tarjeta de banco vacié, práctiacamnte, todas las cuentas –que quede claro que todo el dinero era mío-, dejando apenas unos pesos para no desperatar sospechas a los del banco. Lo que sucediera después no me importaba.

Cargué el dinero en unas bolsas de plástico blancas, pequeñas, como de supermercado, que había llevado especialmente para la ocasión. Volví a la casa y no entré en nuestra habitación. Tomé mis documentos que como siempre estaban guardados en un cajón de un mueble del living. Tomé el bolso que colgaba del perchero de la entrada y allí coloqué el dinero y el globo terráqueo en miniatura que me gustaba hacer girar desde la mesa de mi escritorio. Guardé dos mudas de ropa arrugadas que saqué de la soga de la terraza y me fui con lo puesto, directo al aeropuerto, en un taxi de la calle.

Me tomé el primer avión que permitía dejarme del otro lado del océano. Necesitaba otros continentes. En América sólo había encontrado desamor.

Viajé en primera rumbo a Madrid. Una ciudad que no conocía demasiado. Estaba bien para empezar. Enseguida, cuando me organizar me desplazaría a un sitio cuyo nombre no me sonara a nada.

Tenía que encontrarlo y ahora podía abusar de la extensión del mundo para iniciar mi exploración. Porque el hombre de mi vida debía encontrarse en alguna frontera que yo todavía no había cruzado. No podía haber sido ese cuerpo con el que había amanecido. Además de todo, además de jactarse de no quererme, se había muerto. Me había quedado demasiado tiempo junto a él, ahora que ya no respiraba, ocuparme de su entierro me parecía abyecto.

Por eso, supongo que un arrebato brutal y despiadado se apoderó de mi. Fue lo que me permitió dejar Buenos Aires sin mirar para atrás y sin una pizca de culpa.

 

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