UN ESCRITOR OLVIDADO: MAXENCE VAN DER MEERSCH

UN ESCRITOR OLVIDADO: MAXENCE VAN DER MEERSCH
Por Alfredo Méndiz

Desde las campañas de Julio César hasta el desembarco de Normandía, la franja de tierra que se extiende en torno a la frontera entre Francia y Bélgica ha sido el gran estadio militar en el que de generación en generación se han medido los ejércitos europeos: para el historiador, topónimos como Azincourt, San Quintín, Waterloo, Sedan, Ypres, Dunkerque y otros muchos evocan hechos de armas muy desparramados a lo largo del tiempo pero muy cercanos en el espacio.

Maxence1 Ese perenne campo de batalla continental es la patria de Maxence Van der Meersch, un escritor en el que el explosivo confín entre las contradictorias aspiraciones de una Europa en crisis permanente parece hecho no de tierra, mar y aire sino de carne y espíritu; o, por decirlo con sus propias palabras, de cuerpos y almas. El escritor obrero Maxence Van der Meersch es hijo de franceses pero nieto de belgas. Nace en 1907 en Roubaix, muy cerca de la frontera. Los Van der Meersch habían llegado a Francia en 1860, cuando el abuelo Louis, persona sencilla pero sensible, se había establecido en la pequeña localidad de Bondues como organista de la parroquia.

Tampoco el padre de Maxence, Benjamin, carecía de sensibilidad, pero de hecho se había orientado hacia la actividad comercial. Más de fondo eran, entre el padre y el abuelo, las diferencias en materia religiosa: Benjamin Van der Meersch, incrédulo y anticlerical, era muy distinto de su progenitor, un hombre piadoso que había transcrito a mano un extenso libro de oraciones para que su mujer, que tenía muchas dificultades con el francés y se atascaba ante la letra impresa, pudiera rezar todos los días en neerlandés.

Durante la Primera Guerra Mundial, Roubaix fue ocupada por los alemanes y sufrió las dramáticas penalidades que Van der Meersch reflejará en Invasión 14 (1935), para muchos su mejor novela. Él lo pasó en aquellos años realmente mal: mientras su padre, para resarcirse de una quiebra infeliz que poco antes le había obligado a huir a Bélgica, se dedicaba al contrabando, la madre, separada de Benjamin y absorbida por su propio negocio (una taberna), había delegado de hecho el cuidado de su hijo en la hermana y la abuela paterna de éste. Ambas murieron durante la guerra. La pérdida de Sarah, su única hermana, siete años mayor que él, fue para el pequeño Max el golpe más duro de todos los de aquella época siniestra de guerra, penuria económica y desavenencias familiares.

Terminada la guerra, los negocios del padre, con quien Maxence vivía, levantaron el vuelo. También los suyos iban viento en popa: Vander, como le llamaban los amigos, se demostró en la escuela un estudiante excepcional, y a nadie extrañó que en el momento de ingresar en la Universidad optara por estudiar dos carreras a la vez, Derecho y Letras.

En 1927 conoce a una joven obrera, Thérèze Denis, y de inmediato se enamora. Sabe que esa relación no agrada a su padre, pero no está dispuesto a ceder. Llegado el día en que Benjamin le expone lo que piensa, la discusión se encrespa y Max acaba haciendo las maletas y abandonando su hogar para instalarse con Thérèze y sus dos hermanos pequeños en la modesta casa que él mismo les ha conseguido. Seguirá tomando a diario el tren de Lille para asistir a sus clases en la Universidad, pero además se ha de poner a buscar trabajo.

Vandermeersch1″Trabajador de la pluma”: así se describirá a sí mismo con frecuencia algunos años después, en particular ante ese ser al que ha convertido en objeto y destinatario de su obra, el trabajador de la fábrica. Al tener que escribir para vivir, Maxence Van der Meersch descubre un nuevo mundo: se siente metido en la vida real. Sus anteriores pinitos literarios en publicaciones universitarias se le caen de las manos como una frivolidad infantil. Ahora tiene algo que contar: se ha asomado al pozo de la vida y ha observado su negrura. La vida de Thérèze, breve aún pero terrible, está ahí para que él la dé a conocer, y la da a conocer en El pecado del mundo (1934), primer volumen de la trilogía La hija pobre. La guerra, con todo su horror, también pide ser contada, y Van der Meersch la cuenta sin eufemismos en Invasión 14. Desde que estudiaba en el liceo le había fascinado Zola, con su naturalismo hecho de una observación exhaustiva, “científica”, de la realidad, y en especial de sus aspectos más sórdidos: como él, Maxence Van der Meersch observa todo minuciosamente, en la mejor tradición flamenca, se documenta, prepara miles de fichas sobre lugares y personajes; y, también como él, no es inmune, sobre todo en sus primeras novelas, a un cierto fatalismo determinista. “En la casa del obrero, ya se sabe”, escribe en Cuando enmudecen las sirenas (1933): “sueños de honradez que se repiten de madre a hija pero que jamás se cumplen”.

Más aún, muchas veces Van der Meersch encontrará sus temas en los mismos motivos que habían interesado al jefe de filas del naturalismo: una huelga (Cuando enmudecen las sirenas), la guerra (Invasión 14), la prostitución (Femmes à l’encan —en castellano, Una esclavitud de nuestro tiempo—, 1945)… El editor Albin Michel, con cuya confianza contaba desde su primera novela (La casa de las dunas, 1932), no hacía ascos a ese tipo de literatura, y fue publicando uno tras otro todos los títulos que salían de la pluma de Van der Meersch, que en esto fue realmente afortunado. En 1936, Maxence Van der Meersch y Albin Michel verán recompensados sus esfuerzos con la concesión del premio Goncourt a La huella del dios, la conmovedora historia de Karelina, una campesina frágil e inocente en un mundo hipócrita, tremendo, brutal.

En 1929 Thérèze ha tenido una hija que, en memoria de la hermana difunta de Max, ha recibido el nombre de Sarah. Por su parte, los hermanos de Thérèze se han independizado. Como, entre tanto, Benjamin Van der Meersch no sólo se ha reconciliado con su hijo sino que se ha convertido en su agente literario, nada parece impedir que la joven pareja formalice su unión. En 1934 contraen finalmente matrimonio ante el abbé Pinte, un sacerdote culto y abnegado que durante la guerra había intervenido en actividades de resistencia y al que Van der Meersch había acudido en busca de datos para Invasión 14.

Desde luego, el trato con el abbé Pinte tuvo mucho que ver con el acercamiento de Van der Meersch a la Iglesia. En realidad, él siempre había sido creyente —hay rastros evidentes de fe también en sus primeras novelas—, pero sólo a mediados de los años treinta se convirtió en el hombre graníticamente católico que sus biógrafos y críticos actuales reconocen en él. La novela de su conversión es El elegido (1937): el protagonista, Siméon, es el propio autor apenas disfrazado. A continuación Van der Meersch escribirá Pescadores de hombres (1940), sobre un militante de la J.O.C., una iniciativa de origen belga con la que se entusiasma y que en cierto modo sintetiza en tres palabras (Juventud Obrera Cristiana) el perfil del hombre nuevo que él tiene en la mente como antítesis de ese hombre viejo, burgués y agnóstico que ha envenenado a Europa, de ese personaje nefasto cuya respetabilidad en tantas de sus novelas queda por los suelos.

El Zola cristiano

Cuando se convirtió, Van der Meersch ya estaba formado literariamente, era ya un escritor naturalista. Y no pensó que a partir de entonces tuviera que dejar de serlo: su intención era claramente ser un escritor naturalista y cristiano. Por eso se le ha llamado a veces el Zola cristiano.

Sin embargo, al menos a primera vista no se puede decir que naturalismo y cristianismo sean dos sustancias perfectamente armonizables. Es más, algunos pasajes menos afortunados de las novelas de Van der Meersch parecen más bien confirmar que son como el agua y el aceite, incapaces de mezclarse: los abruptos sentimientos de caridad cristiana de Van Bergen, en La huella del dios, al recibir un disparo mortal, o las anónimas consideraciones morales de las últimas páginas de Cuerpos y almas, a modo de oráculo, resultan incongruentes y artificiales en el cuadro de conjunto de cada una de esas novelas, en las que el naturalismo —un naturalismo muy material, muy pegado a la tierra— forma parte, y parte importante, del pacto de lectura entre el autor y su público (el cristianismo no: el cristianismo es punto de llegada, más que de partida).

Entre los escritores católicos activos en Francia en la primera mitad del siglo XX, la oposición al naturalismo era un rasgo común: el naturalismo, había escrito Claudel en 1913, “lejos de utilizar al hombre por entero, deja lo mejor en desamparo y no conduce más que al pesimismo y a la tristeza de la impotencia”. Para Van der Meersch, en cambio, el espectáculo de una humanidad salpicada de prostitutas, invertidos, tuberculosos, epilépticos, cretinos, sádicos…, no es una bofetada para quien cree en la providencia de Dios, sino para quien sólo cree en sí mismo (“sólo existe el Yo”: tal es el credo de uno de sus personajes, Jean Doutreval). En Cuerpos y almas, el hijo deforme —un verdadero monstruo— de Valérie Géraudin, apartado de la familia y atendido por personas de confianza en otra ciudad, es para la madre como un sacramental intuido y rechazado: “Su hijo le daba miedo y prefería no verlo […]. Le tenía miedo, como tenemos miedo con frecuencia de lo que nos puede salvar”. Apuntes como éste son los que mejor denotan la inspiración moral y religiosa de Van der Meersch: decepcionante a veces en la enunciación explícita del misterio cristiano, no le falta el don de hacerlo presente de modo implícito, subrepticio, con una eficacia basada en el estímulo que representa siempre para la mente del lector el desafío de lo apenas esbozado, de lo que pide una sucesiva elaboración personal, unas conclusiones. Y a ello contribuye decisivamente el hecho de que por lo general Maxence Van der Meersch escoja la materia que va a ofrecer a la consideración de su público precisamente entre lo que más puede conmocionar, incluso por vía de repugnancia, su sensibilidad.

Naturalmente, no es sólo la deformidad física lo que Van der Meersch utiliza como resorte, sino también, en medida mucho mayor, la deformidad moral, la desviación del comportamiento que hace del hombre una fiera salvaje. La animalidad del hombre tiene así en Van der Meersch a uno de sus observadores más crudos, también en las ocasiones en que recurre a “epifanías animales” de violenta expresividad para iluminar los aspectos más brutales de la naturaleza humana. En Cuando enmudecen las sirenas dos niños crueles torturan a conciencia a un gato hasta que deja de respirar, y a continuación lo despellejan de arriba abajo y lo cuelgan de un tendedero, momento en que el gato, antes de morir definitivamente, emite un maullido aterrador que pone en fuga a sus dos verdugos. El gato es aquí la imagen de los obreros de Roubaix en huelga, protagonistas de la novela: despojado de todo, hasta de su dignidad, al hombre le queda, al menos, la capacidad de hacer oír su grito de muerte. En La huella del dios es una pelea de gallos el trasunto animal de la trama humana, del conflicto de pasiones enconadas entre Van Bergen y Gomar: el gallo de Gomar mata a su contrincante, pero, maltrecho y agotado, apenas sobrevive unos minutos a su propia victoria.

Sin embargo, no todo se resuelve en la autodestrucción del hombre por el hombre. Van der Meersch también deja espacio al desarrollo de lo mejor que el corazón del ser humano puede tener en reserva: muertos Van Bergen y Gomar, queda en pie la abnegación de Wilfrida, viuda de Van Bergen y tía de Karelina (Sublime perdón es el empalagoso pero elocuente título con que será presentada en España la adaptación cinematográfica de La huella del dios, rodada por Léonide Moguy en 1940). No es algo, de todos modos, que esté al alcance de cualquier personaje. Por lo general, en las novelas de Maxence Van der Meersch los corazones que se comportan con esa generosidad son femeninos: para él, la mujer suele encarnar el lado mejor de la humanidad.

Las últimas batallas

En 1942, después de siete años de trabajo, Van der Meersch publica Cuerpos y almas. La idea de la novela había nacido en él el día en que había acudido con su mujer, siempre frágil de salud, al doctor Paul Carton. Van der Meersch no quería que Thérèze muriera de tuberculosis en plena juventud, como su hermana Sarah, y el abbé Pinte le había hablado bien de aquel neumatólogo que propugnaba un tratamiento revolucionario de las enfermedades de pulmón. El doctor Carton imponía a sus pacientes, fundamentalmente, un original régimen alimenticio que requería, por ejemplo, cocer tres veces ciertas legumbres y tomar otras crudas, pero que sobre todo proscribía la sobrealimentación, el recurso más socorrido —junto con otro no menos traumático, el neumotórax— con que contaban los médicos de la vieja escuela para combatir la tuberculosis. Carton, ideólogo aficionado, envolvía sus teorías científicas en una filosofía propia, decididamente antimoderna, que postulaba una recuperación de los valores morales y religiosos y que influyó poderosamente en Van der Meersch. Éste cambió a partir de aquella primera visita a Carton algunas ideas, pero también algunos hábitos alimenticios, ya que, como el singular médico le había demostrado, en realidad su salud no era mejor que la de su mujer.

Cuerpos y almas afronta los dos filones del sistema de ideas de Carton: por un lado, la crítica a la vieja medicina; por otro, la defensa de los valores espirituales. El realismo con que Van der Meersch describe las exploraciones médicas y las intervenciones quirúrgicas, de una crudeza intolerable a veces para sensibilidades delicadas, contribuye a hacer resaltar con gran viveza, con la viveza del contraste, la dimensión moral y espiritual (el alma) de los personajes, de toda esa galaxia de médicos, enfermeras, pacientes… que se juegan todo no tanto en el quirófano como, sobre todo, en su propia conciencia. El protagonista, Michel Doutreval, tiene mucho en común con Van der Meersch: tiene, por ejemplo, una mujer tuberculosa que le conforta en los momentos de angustia porque posee “la fuerza que da el conocimiento de la miseria”.

Cuerpos y almas, quizá la única novela de Van der Meersch que a pesar del paso del tiempo ha seguido publicándose regularmente en los principales idiomas, tiene un pulso narrativo firme, una historia sólida y un repertorio de sentencias y máximas que podría haber hecho las delicias de Pascal: más de lo necesario para merecer el enorme éxito que alcanzó. Inevitablemente, la clase médica francesa reaccionó contra lo que consideraba un ataque injusto. En aquella hora no fueron pocos los médicos que confirmaron que el corporativismo del estamento sanitario y los demás males que la novela denunciaba eran reales, pero la ingrata polémica contribuyó a amargar los últimos años de la vida de Van der Meersch.

Lo mismo se puede decir de la polémica que levantó otro libro suyo, Santa Teresita (1947), una biografía que, en su afán de naturalismo, escarba en los aspectos menos sobrenaturales del convento en que la santa de Lisieux había vivido. No faltaban documentos que avalaban aquella hagiografía desmitificadora, porque tiempo atrás una hermana de Santa Teresita había escrito, entre otros testimonios en favor de la canonización de ésta, uno en el que la superiora que la había tenido bajo su autoridad salía muy mal parada. Pero en el momento de la publicación del libro precisamente esa hermana, la Madre Inés (Pauline Martin), era la superiora del convento de Lisieux; y lógicamente no podía aprobar aquella versión cruda, áspera, de la vida de Santa Teresita.

Van der Meersch no era insensible al peligro de que sus obras fueran motivo de escándalo. En 1943, por ejemplo, había escrito La máscara de carne, una novela sobre un homosexual, había entregado luego el manuscrito a un sacerdote amigo suyo, el abbé Tiberghien, y ante el parecer negativo de éste había decidido no publicarla (aparecerá sólo en 1958, siete años después de su muerte). Tampoco había publicado el último volumen de La hija pobre, por respeto a quienes se habrían sentido identificados en algunos personajes menos amables (también esta novela, La compañera, saldrá póstuma, en 1955). Al mandar a Albin Michel el texto de Santa Teresita pensó en pedir la aprobación eclesiástica, pero no estaba seguro de obtenerla y finalmente decidió publicar el libro sin ella. Carente de respaldo oficial y boicoteado por las carmelitas de Lisieux, el libro se convirtió en blanco fácil de los ataques de muchos católicos, y sobre todo de un conocido especialista en Santa Teresita, el abbé Combes. Llegó a intervenir el Vaticano, por medio del Santo Oficio: el libro no fue condenado, pero se invitó discretamente al autor, a través del cardenal Suhard, arzobispo de París, a que moderara algunas expresiones, indicación que daría lugar a un prefacio consensuado entre Van der Meersch y Suhard que se añadirá en futuras ediciones del libro y que reconoce los límites teológicos de una biografía escrita por quien no tiene más credenciales que la de novelista.

Todo esto hizo mella en el ánimo de Van der Meersch. Sobre todo, sin embargo, es en su cuerpo donde por aquellos años se iban advirtiendo síntomas claros de derrota. La guerra recién terminada, en la que había echado una mano a la resistencia, había sido nuevamente una experiencia penosa. Con ayuda de los consejos de Carton, su mujer se había curado, pero él no. En 1947 se traslada a Le Touquet, en la costa, en busca de un aire más sano, pero la muerte, que en poco más de un año se ha llevado a su padre y al doctor Carton, avanza inexorable. Y tiene un nombre que él no quiere oír (de hecho, sólo muchos años después se hará público): tuberculosis. No quiere médicos a su lado, y sólo por carta mantiene el contacto con algunos amigos: Tiberghien, Albin Michel, el pintor Simons… Su carácter se vuelve agrio a medida que el físico se deteriora: le desespera no ser capaz de seguir escribiendo, se queja, discute con Thérèze… Pero también a veces se ilusiona con nuevos proyectos, se deja llevar por ráfagas de optimismo, por arrebatos de ternura. Poco a poco, sin embargo, Maxence Van der Meersch se apaga. Su cuerpo se rinde finalmente a la muerte el 14 de enero de 1951.

Medio siglo después, su fortuna entre los críticos es menos que discreta: populismo, paternalismo o dolorismo son, según los casos, las claves de interpretación habituales de sus novelas, por su atención a la clase obrera y al tema del sufrimiento. Por lo demás, si en los años inmediatamente sucesivos a la Segunda Guerra Mundial las masas devoraban sus libros, hoy le leen sólo algunos pocos exóticos: en estos momentos Van der Meersch es, en Francia, el escritor del Norte, el retratista de una región y una época que tienen un interés más folclórico que general, a pesar de los meritorios esfuerzos de algunos, también en el mundo académico, por universalizarlo.

Sin embargo, el olvido en que ha caído Van der Meersch no está literariamente justificado, y cabe pensar que obedece a motivos reconducibles a corrientes de aguas mucho más profundas que las que conforman las oscilaciones del gusto estético. En este sentido, hay una frase suya en la biografía de Santa Teresa de Lisieux que, ante el precipitado ostracismo de su propuesta de renovación del hombre, sacrificada en beneficio de otros mensajes más conformistas, adquiere tintes de testamento profético: “La humanidad lo acepta todo, lo soporta todo, se deja pisotear sin sublevarse, cubrir de injurias, que la traten como un vil rebaño de ilotas a quienes se desprecia, a quienes se corrompe, a quienes se arrastra al lupanar, al matadero… Todo, salvo que se intente levantarle la cabeza de su propia vomitona, para enseñarle las luces del cielo. ¡Ay de quien, por medio de sus esfuerzos, de sus escritos, de sus palabras, de su solo ejemplo, sueñe con mejorar a los hombres!”.


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